RYAN ADAMS… OPORTO Y EL SÍNDROME DE ‘OPORTOCOLMO’

Con un considerable retraso retomamos el blog, intentando ponernos al día con todos los viajes retrasados y que iremos publicando en los próximos días (Amsterdam, Edimburgo, Bruselas…), como los que están por llegar.

Hay viajes que se catalogan como ‘locuras’, grandes hazañas que se hacen por el mundo, lejos de los tuyos y de lo tuyo, largos en kilómetros y tiempo… Y hay otro tipo de viajes que son locuras cortas, esos que surgen de un ‘no hay coj…’, de un ‘¿qué no?’…

Nuestro viaje a Oporto fue algo así… “Toca Ryan Adams en Portugal”… “¿Y en España?”… “no, sólo en Portugal… ¿y si vamos al de Oporto”… Y esa locura transitoria se contagia entre varios, de los cuales algunos ni se conocen, y uno acaba viajando a ver un concierto, sólo por unas horas, sólo por el placer de ver a un grande cantar en un teatro pequeño, sin pensar en si todo el mundo que va – y que no conoces- será simpático, si la pensionucha que has cogido tendrá alguna norma legal cumplida, o si la ciudad es digna de visitar o no… Porque el cometido es ese… ESCUCHAR A TU ARTISTA EN DIRECTO… Y el resto poco importa… Por eso cuando ese ‘resto’ se conjura en positivo y de repente aunque la pensión es poco menos que un albergue, la ciudad pasa a ser lo más interesante que has visto en tiempo y la gente de lo más divertido que habías conocido en años… Uno acaba como acaba: OPORTOCOLMONIZADO… Es decir, uno adquiere en Síndrome de Estocolmo asociado a un sitio y a una vivencia irrepetible… Y eso fue lo que vivimos.

Para empezar, Oporto no es una ciudad al uso… Oporto es… Oporto… Las calles no están cuidadas, y los edificios están literalmente en ruinas. Allí el patrimonio no se respeta especialmente, y el centro de la ciudad parece haber vivido sumido en años de guerra y represión (y depresión) posterior… Oporto parece haber vivido mil batallas… Oporto está en ruinas… Pero Oporto te conquista.

Comienzas por pasear incrédulo, con cara de ‘dónde estará la cámara oculta’ y terminas apreciando su decadencia, se dejadez, admirando su depresiva estampa y luchando como un león para intentar captar esa nostalgia en alguna de tus fotos con el fin de explicar su esencia cuando llegas a tu casa. Pero eso es imposible, Oporto hay que verlo y sentirlo, de otro modo no se vive.

Así fue como nos fuimos perdiendo por sus calles, entre su gente amable, ávidos del turismo que les da de comer y les sostiene, pero educados y correctos en el trato. De ese camino a la perdición por las calles de Oporto son nuestras mejores fotos, estas que pasamos a compartir con vosotros esperando que os trasmitan al menos la mitad de lo que sentimos al hacerlas.

Y nos os preocupéis si os perdéis en Oporto, si necesitáis descansad, entrar en algún bar y pedir una “Francesiña”… Os servirán un sándwich imposible formado por un filete de ternea, beicon, jamón york y queso, con picadillo de chorizo y recubierto de bechamel y queso (por unos 6 euros), y si os sobran ganas, probad el bacalao de cualquier manera –especialidad de la zona– y las patatas panaderas… Sin olvidar la bollería, deliciosa en cualquier cafetería (no os vayáis de allí sin probar algún croissant, bien sin relleno, o relleno de chocolate, un desayuno para dos serán unos tres euros, increíble). Sólo un consejo, las raciones en Oporto son muy grandes, ojo al pedir… Bueno, y otras cosilla más: al principio de la comida os ofrecerán unas ‘tapas’… Si no queréis pagar de más, decidle cortésmente al camarero que las retire… De lo contrario, podréis tener sorpresas desagradables en la cuenta al ver que no son cortesía de la casa como aquí si no que se cobran bien cobradas… El resto, un lujo porque la comida es dedliciosa y la calidad-cantidad-precio más que adecuada. Nosotros elegimos el puerto como lugar para saciar nuestro hambre, y la verdad es que la elección no fue desacertada.

Marc y yo nos perdimos, nos francesiñamos, nos volvimos a perder y nos encontramos por causas de fuerza suprema cuando tuvimos que quedar con Ana, que llegaba de Valencia en mitad del diluvio universal by Oporto, con lo cual se nos acabó el día de turismo, pero a cambio empezó el día de reencuentros y casualidades que paso a contaros a continuación.

Y es que debido a la lluvia, decidimos salir de nuestro mega hotel.pensión-hostal  para tomar una cerveciña en el bar de al lado que curiosamente quedaba en frente del Teatro Sa Bandeira, dónde por la noche veríamos a Ryan Adams… Claro, lo que no suponíamos es que ese abandono del turismo por causas de la lluvia incesante, tendría como resultado que al tomarnos algo en el bar de al lado del teatro, nos encontrásemos con el mismísimo Ryan Adams, lo que nos supuso el lujo de estar un ratito con él, de preguntarle cuando vendría a tocar a España, de hacernos fotos y de acabar ‘Ryanizados’ perdidos debido a la amabilidad y el cariño con el que nos trató, dándonos incluso las gracias al saber que veníamos desde España y que nos habíamos desplazado a verle.  Como podréis comprobar, en ese estado de enamoramiento, pasárselo bien en su concierto era cuestión de un sí o sí… Lo que no imaginábamos, es que él estaría tan encantado de cómo le habían tratado los fans, que lo dio todo… Todo-todo.

No sólo se divirtió cantando, sino que además hizo bromas, contó cosas de su familia, dejó que la gente le pidiese canciones, se inventó algunas allí mismo improvisando (una de ellas dedicada a un ‘moco’, sísí, a un moco que no le dejaba tranquilo;  y otra titulada ‘Jesus’ provocada tras el grito de una fan enloquecida que le decía que él era el mesías)… Incluso compartió con nosotros una confidencia, y es que según sus palabras, esa misma tarde una fan le había dicho ‘quiero que seas el padre de mis hijos’ y para él había sido lo más hermoso que le habían dicho en la vida… Mil anécdotas y cosas curiosas que hicieron del concierto algo inolvidable y mágico. Como curiosidad hay que contar que ante tanto seguidor venido de España, el pobre Ryan Adams (y el telonero de lujo que llevaba, Jesse Malin), tuvieron varios cruces de cables, tocando algunos acordes de flamenco, dando las “gracias” y dicendo algún ‘ole’… Cosa que no creemos que a los portugueses les gustase demasiado pero que a nosotros nos hizo bastante gracia.

Como era de esperar, después de semejante buen rollo, lo que nos apetecía a todos era salir a tomar algo, comentar lo que habíamos visto y vivido… Frikear del tema, en pocas palabras… Y para darnos cobijo ahí estaba la noche Oportoleña, llena de mojitos, buen ambiente, gente simpatiquísima y precios populares que hicieron nuestras delicias y nos dejaron en la calle hasta las cuatro de la mañana. De este modo pudimos profundizar más en el conocimiento de la gente que había venido de otras ciudades, como Yolanda y Charlie de Murcia, con los que pasamos unos momentos divertidísimos; o David y Paloma, que fueron realmente encantadores, ni que decir de Ana, que aún estando malita nos aguantó a todos hasta las tantas, pobrecita!

La llegada al hotel, destrozados y felices, terminó con una cena a base de “comida sana” a las cuatro de la mañana en la habitación, que tras tanta marcha, nos supo a gloria.

Así que al día siguiente, con resaca de buen rollo, mojito y nuevas amistades hicimos una última escapada rápida por la ciudad, recayendo en el ‘Mercado do Bolhao’ (Rua Fernandes Tomás) o la ‘Capela de Santa Catarina’ o ‘Capilla de las Almas’ (Rua de Santa Catarina), característica por sus paneles de azulejos historiados azules y blancos, pintados en 1.929 por Eduardo Leite, y poco más, ya que nuestro avión partía al mediodía.

La vuelta a las ciudades se hizo un poco dura… Aún arrastramos algo de Síndrome de Oportocolmo… Y es que, como empezaba este post, los viajes, aunque sean cortos, pueden convertirse en recuerdos vívidos y hermosos que le acompañan a uno en el recuerdo… Porque nunca un viaje es igual a otro, ni por el momento, ni por la gente, ni por cómo eres tú en el instante de vivirlo…

… Y viajar con la gente que lo hicimos a Oporto, fue una auténtica gozada

V&M

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